Bricolaje fotográfico: el trípode

Hay veces en que el tipo de trabajo que vamos a hacer nos hace dudar de si coger o no el trípode. Un ejemplo es el reportaje que hice para Light Reading sobre el Mobile World Congress en Barcelona. Sabes que pasarás 10 o 12 horas pateando moquetas disparando a mano alzada, y que cada gramo extra de peso va a parecer una tonelada al cabo del día Entonces pueden pasar dos cosas:

Una, que decidamos cogerlo pese a todo. en ese caso, existe un 83% de probabilidades (demostrado ante notario) de no usarlo, por lo que maldeciremos con todo nuestro corazón el maldito trasto.

Otra, que decidamos dejarlo. En ese caso la probabilidad de necesitarlo en algún momento se eleva al 99% por lo que nos maldeciremos a nosotros mismos, con la consiguiente merma en nuestra autoestima y en la calidad del producto final.

Lo ideal es un trípode ligero, estable y pequeño. Esta maravilla ya existe, lo fabrica Gitzo, y el único inconveniente es que vale un dineral. Una solución pasa por llevar un trípode de esos de aficionado (Hama, etc) que valen dos duros y son ligeros. No tienen una gran estabilidad y tampoco sistema de zapata rápida, pero si los vas a usar poco te sacan de un apuro.

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El problema viene si te acompaña el cliente. Si te ve usando un trípode salchichero como el que tiene él en casa tu credibilidad, por bueno que seas, va a quedar en entredicho. (me remito again al título de este blog)

Para estos casos me fabriqué hace tiempo un híbrido cortando la rótula de un trípode barato y sustituyéndola por un espárrago Manfrotto tal como veis aqui:

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En el tornillo podemos atornillar una rótula de bola Manfrotto, con lo que conseguiremos tener zapata rápida:

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Para guardarlo se puede desatornillar la rótula sin ningún problema. Esto permite además usar la misma rótula que ya tenemos en el trípode “de verdad”, con lo que no hay que hacer un gasto extra. El conjunto funciona bien, pesa poco y abulta menos, y lo que es más importante, consigue una apariencia muy profesional.  A esto  los americanos, tan dados a las iniciales lo llaman DIY (do it yourself) la chapuza de toda la vida, vamos.

Eso sí, lo reservo sólo para los casos en que creo que no voy a usarlo y  siento tentaciones de salir sin nada. En este caso concreto lo usé sólo un par de veces en dos días, pero ya compensa.

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